Mundo de ficçãoIniciar sessãoLa noche en que Elena Rostova reunió el valor para decirle a su esposo que estaba embarazada… terminó esposada frente a toda la élite de la ciudad. Adrian Vance, el hombre que juró protegerla, la acusó públicamente de traicionar al imperio familiar. Su mejor amiga confirmó cada mentira. Y mientras los flashes destruían su reputación, Elena fue enviada a prisión: embarazada, humillada y completamente sola. Pero el verdadero infierno comenzó tras las rejas. Golpeada, abandonada y sin nadie que la defendiera, Elena perdió al bebé que jamás pudo sostener. Ese día también murió la mujer inocente que alguna vez creyó en el amor. Cinco años después, Elena regresa convertida en otra persona: hermosa, fría, peligrosa. Ya no busca justicia. Busca venganza. Y para destruir a los Vance, necesita acercarse al hombre más temido del imperio: Alexander Vance. El tío de su exesposo. Un multimillonario oscuro, dominante y veinte años mayor, capaz de arruinar vidas con una sola orden. Alexander debería ser solo una pieza en su plan. Pero la tensión entre ellos se vuelve una obsesión. Una que ninguno de los dos puede controlar. Entre secretos, deseo y traiciones, Elena descubrirá que enamorarse del hombre equivocado puede ser incluso más peligroso que odiarlo.
Ler maisLa lluvia golpeaba los ventanales de la Mansión Vance como si el cielo intentara arrancar la suciedad de una ciudad llena de millonarios y mentirosos.
Elena Rostova observó su reflejo en el cristal, con la pequeña caja blanca escondida dentro de su bolso. Sus dedos temblaban.
No de miedo. De felicidad.
Dentro de esa caja estaba la prueba de que, después de tres años de un matrimonio frío y distante, aún quedaba algo capaz de salvarlos.
Un bebé. Su bebé. El hijo de Adrian Vance.
Por primera vez en meses, Elena sentía esperanza.
—Señora Vance, los invitados ya comenzaron a llegar —anunció una empleada con una sonrisa impecable.
Elena asintió, respiró hondo y se giró hacia el salón iluminado por lámparas de cristal. La gala benéfica anual de los Vance: políticos, empresarios, celebridades… y sonrisas falsas por todas partes.
Bajó las escaleras de mármol mientras decenas de miradas se clavaban en ella. Su vestido plateado abrazaba su figura con elegancia. El cabello oscuro caía en ondas suaves.
Parecía perfecta. Pero por dentro era solo una mujer desesperada por recuperar a su esposo.
Buscó a Adrian entre la multitud. Lo encontró junto al bar, impecable en su traje negro, rodeado de inversionistas.
Tan frío. Tan distante. Tan inalcanzable.
El corazón de Elena se apretó. Hubo un tiempo en que él la miraba como si fuera el centro del universo. Ahora apenas parecía tolerarla.
Aun así, caminó hacia él.
—Adrian…
Él giró apenas la cabeza.
—Llegaste tarde.
La frialdad de su voz le atravesó el pecho.
—Lo siento —susurró—. Quería que esta noche fuera especial.
—¿Especial? —soltó una risa sin humor—. Últimamente todo contigo termina siendo un problema.
Elena sintió el golpe, pero sonrió. No esta noche. No quería discutir.
—Necesito decirte algo importante.
—Después.
La ignoró. Como siempre.
Elena bajó la mirada, intentando contener el dolor. Entonces vio a Camila al otro lado del salón.
Su mejor amiga. O al menos eso creía.
Camila llevaba un vestido rojo ajustado y una sonrisa extraña. Una sonrisa culpable.
Elena frunció el ceño. Algo estaba mal. Muy mal.
Las conversaciones comenzaron a apagarse. Un ruido metálico resonó en la entrada.
Y segundos después, varios policías irrumpieron en la mansión.
El salón quedó en silencio.
—¿Qué significa esto? —gritó un inversionista.
Elena sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
El oficial principal caminó directamente hacia ella.
—¿Elena Rostova?
—Sí…
—Queda arrestada por fraude corporativo, lavado de dinero y robo de fondos del Grupo Vance.
El mundo dejó de moverse.
—¿Qué…?
Cámaras. Susurros. Shock.
Elena soltó una risa nerviosa.
—Debe ser un error.
El oficial mostró documentos.
—Las transferencias fueron hechas desde cuentas a su nombre.
—No… yo jamás…
Giró hacia Adrian. Buscando ayuda. Buscando amor. Buscando algo.
Pero Adrian solo la observaba. Frío. Impasible. Como si hubiera estado esperando ese momento.
Elena sintió que el aire desaparecía.
—Adrian… diles que no es cierto.
Él dejó el vaso sobre la mesa.
—Las pruebas hablan por sí solas.
—¿Qué…?
—Nunca pensé que llegarías tan lejos por dinero.
Aquella frase le destrozó el alma.
—No puedes creer eso de mí…
—Ya no sé quién eres.
Elena negó desesperadamente.
—¡No! ¡Me están tendiendo una trampa!
Entonces escuchó tacones acercándose.
Camila.
Su mejor amiga se colocó al lado de Adrian. Y él tomó su mano.
El corazón de Elena se detuvo.
—¿Qué… está pasando?
Camila evitó mirarla.
—Lo siento, Elena… —su voz tembló apenas—. Pero Adrian merece a alguien que no destruya su vida.
Elena sintió náuseas.
—No…
—Llevamos juntos casi un año —confesó Adrian sin remordimiento.
El salón explotó en murmullos.
Elena retrocedió como si la hubieran apuñalado.
—Eres mi esposo…
—Por poco tiempo.
Las lágrimas ardieron en sus ojos.
Todo era una mentira. Todo.
—¿Por qué…? —susurró.
Adrian se acercó y murmuró en su oído:
—Debiste conformarte con ser una esposa obediente.
Algo dentro de ella se rompió.
Los policías la sujetaron. Ella apenas reaccionó.
Solo podía mirar a Adrian. Al hombre que había amado más que a sí misma. Y que acababa de destruirla frente al mundo.
—Estoy embarazada…
La confesión salió entre lágrimas.
Adrian pareció sorprenderse un segundo. Solo uno. Luego su expresión volvió a endurecerse.
—Ya no me importa.
Esas cuatro palabras la mataron.
Los flashes iluminaron el salón mientras la arrastraban hacia la salida.
Humillada. Destrozada. Sola.
Cuando la puerta del coche policial se cerró, Elena tembló. Llevó una mano a su vientre.
Y rompió en llanto.
Porque acababa de entender la verdad más cruel:
Su hijo crecería con una madre convertida en criminal.
La mano de Alexander en su cintura era firme. Caliente. Demasiado firme.Un escalofrío le recorrió la espalda mientras él la guiaba hacia el centro del salón. Todas las miradas los siguieron. Todas.La exesposa caída de los Vance… bailando con el hombre más temido de la familia.El escándalo estaba servido.La música suave envolvió el salón cuando Alexander acercó su cuerpo al de ella. Demasiado cerca. El calor masculino atravesaba la tela de su vestido. El aroma oscuro de su perfume la envolvía. Podía escuchar incluso su respiración tranquila.Y eso la irritó.Porque ella no reaccionaba así ante nadie. Ya no.—Todos están mirando —murmuró Elena.—Ese era el objetivo.La sinceridad brutal de ese hombre siempre la tomaba por sorpresa. Alexander no fingía. No disfrazaba nada. Y eso era… adictivo.Elena levantó la mirada.—¿Siempre manipulas a las personas tan descaradamente?Una sonrisa mínima apareció en sus labios.—Solo cuando vale la pena.Su mano descendió apenas sobre la espalda d
—No deberías estar aquí.La voz de Camila tembló apenas. Apenas. Pero Elena lo notó.Y lo disfrutó.La gala anual de la Fundación Vance brillaba bajo lámparas de cristal gigantes. Empresarios, modelos, políticos… todos sonriendo con esa perfección falsa que solo la élite sabía fingir. Música clásica, champagne, vestidos de diseñador.Un mundo impecable por fuera. Podrido por dentro.Elena lo sabía mejor que nadie.Y esta noche había regresado para cazar.—Curioso —respondió Elena, tomando una copa con calma—. La última vez que escuché eso, terminé en prisión.Camila palideció.Cinco años atrás habría fingido seguridad. Ahora… no podía.Había miedo en sus ojos. Y eso era delicioso.Elena la observó de arriba abajo.Vestido blanco. Diamantes. Cabello perfecto.La futura señora Vance.Pero había algo roto detrás de esa perfección. Algo desesperado.—Te ves cansada, Camila.—¿Qué quieres?Directa. Perfecto.Elena sonrió despacio.—¿No debería preguntar primero cómo está mi exesposo?La ma
Elena no llamó a Alexander esa noche.Ni al día siguiente. Ni durante toda la semana.Pero aun así… él seguía ahí. En su cabeza. En su respiración. En ese rincón incómodo donde se guardan las cosas que no deberían importarte… pero importan igual.Su voz grave. La forma en que la había mirado, como si pudiera ver debajo de su piel. Esa calma inquietante que no era calma, sino un aviso.Era distinto a Adrian. Adrian fingía ser bueno. Alexander ni siquiera se molestaba en aparentarlo.Y quizá eso era lo que lo hacía tan peligroso.Elena dejó la copa de vino sobre la mesa del penthouse y volvió a mirar la tarjeta negra entre sus dedos.Minimalista. Elegante. Fría.Solo un nombre.Alexander Vance.Y un número privado.Nada más.Como si un hombre como él no necesitara presentación. Y claro… no la necesitaba. Toda la ciudad conocía al monstruo detrás del imperio Vance.Empresarios quebrados. Políticos humillados. Competidores desapareciendo del mapa.Alexander destruía personas con la misma
Cinco años después…—¿Estás segura de esto?Elena no respondió de inmediato. Observaba Bogotá desde la ventana del penthouse, como si la ciudad pudiera darle una señal.Seguía igual.Fría. Ambiciosa. Podrida hasta los huesos.La lluvia caía sobre los edificios de cristal, convirtiendo las avenidas en ríos de luces doradas y sombras que se movían como serpientes.Cinco años. Cinco años soñando con este momento. Cinco años alimentando el odio que la mantuvo respirando cuando ya no tenía razones para hacerlo.—Sí —dijo al fin—. Es hora de volver.Su voz ya no era la misma. Había perdido la suavidad. La inocencia. Ahora era firme, elegante… peligrosa.El chofer asintió y abrió la puerta del auto negro.Elena descendió despacio.Tacones negros. Vestido de seda oscura que abrazaba su cuerpo. Diamantes discretos. Labios rojos como una advertencia. Cabello largo cayendo como tinta sobre su espalda.La antigua Elena Rostova había muerto en prisión. La mujer que regresaba esta noche… era otra c
Último capítulo