El peso del aire del gran salón se había vuelto completamente insoportable. En cuanto Arthur Vardan dio por terminada la cena, las asfixiantes dinámicas de la alta sociedad se dispersaron en pequeños grupos de hipocresía por todas partes.
Necesitaba salir de allí de inmediato. Necesitaba respirar un aire que no estuviera contaminado por el veneno de la matriarca ni por la mirada rencorosa de Cristhian Olmos.
Aprovechando que Ezra se había quedado retenido por dos inversores de la junta, me deslicé con rapidez hacia las puertas de cristal del fondo. Salí a la terraza de piedra y descendí a toda prisa las escaleras que conducían a los jardines principales de la propiedad.
La noche era fresca, oscura y silenciosa. Caminé por el sendero de gravilla blanca hasta adentrarme en el sector de los rosales, donde las luces arquitectónicas apenas llegaban, transformando el paisaje en un refugio de sombras.
Me detuve frente a una enorme hilera de rosas rojas y exhalé con fuerza todo el aire que había estado reteniendo en mis pulmones. Mis manos, libres del agarre constante de Ezra, volvieron a temblar debido a la adrenalina que aún corría por mis venas.
Había sobrevivido a los primeros grandes asaltos, pero el precio emocional estaba siendo demasiado alto. Tocaba con mis dedos el pesado anillo de platino en mi mano izquierda, recordándome que esto apenas era el comienzo de una farsa de seis meses.
El crujido sutil de la gravilla a mis espaldas me hizo dar un brinco de pura alarma.
Me giré con rapidez, con la defensiva activada, pero la silueta imponente que recortaba la luz de la luna me devolvió la tierra. Era él. Ezra avanzaba con esa elegancia felina, despectiva y segura que lo caracterizaba. Se había quitado el saco del traje azul noche, dejándolo colgado de una sola mano sobre su hombro, y los primeros botones de su camisa blanca abiertos, exponiendo la base de su cuello.
—Te escapaste de la mesa presidencial sin mi permiso, pequeña diseñadora —pronunció Ezra con su voz profunda, ronca y pausada, deteniéndose a solo un metro de distancia. Su mirada gris centelleaba con una intensidad peligrosa en la penumbra.
—Necesitaba respirar, Vardan —le respondí, obligando a mi voz a sonar fría y cortante a pesar de los latidos desbocados de mi corazón—. Tu estricta familia consume todo el oxígeno de la habitación. Cumplí con mi parte del trato. Respondí cada una de las trampas de tu madre y puse a Cristhian en su lugar frente a tu padre. Ahora déjame tener un minuto a solas.
Ezra no respondió de inmediato. Se limitó a dar un paso más hacia mí, reduciendo la distancia física entre nuestros cuerpos a escasos centímetros. El aroma embriagador de su loción de madera y ámbar se mezcló con el perfume dulce de los rosales húmedos, provocándome un mareo repentino que me nubló el juicio por un breve instante.
—No tenemos un minuto a solas, Bianca —susurró él, y su mandíbula se tensó con una fijeza implacable. Sus ojos grises se desviaron sutilmente hacia arriba, apuntando hacia una de las ventanas del segundo piso del lugar.
Seguí la dirección de su mirada con discreción. Una de las cortinas de seda de la suite de invitados se había movido. Detrás del cristal, una de las criadas personales de Victoria Vardan nos observaba con fijeza, sosteniendo una bandeja. Mi madre no había terminado su inspección, había enviado ojos a vigilar nuestros movimientos en la oscuridad.
—Nos están mirando —le siseé entre dientes, sintiendo que el pánico regresaba a mi pecho—. ¿Qué hacemos? Si nos ve distantes, la farsa se romperá.
—Hacemos lo que mejor sabemos hacer, prometida —sentenció Ezra con una autoridad implacable que me congeló la sangre—. Darles un espectáculo que nunca olvidarán.
Antes de que pudiera protestar, retroceder o procesar sus palabras, Ezra se movió con una rapidez y una fuerza abrumadoras. Su mano grande y cálida atrapó mi cintura baja con un gesto brutalmente posesivo, tirando de mi cuerpo con firmeza hacia el suyo. Con un movimiento imponente, me obligó a dar un paso atrás hasta que mi espalda chocó con suavidad pero con firmeza contra la estructura de madera que sostenía el gran rosal.
Quedé completamente acorralada contra las rosas.
Ezra apoyó su mano libre en la madera, justo al lado de mi cabeza, bloqueando cualquier vía de escape con su imponente presencia física. Su cuerpo atlético se pegó por completo al mío, eliminando cualquier rastro de distancia. Podía sentir el calor abrasador que emanaba de su pecho musculoso a través de la fina seda verde esmeralda de mi vestido. La fricción de su pantalón contra mis piernas me provocó una descarga eléctrica salvaje que me erizó los vellos de los brazos.
El aire entre nuestros rostros se volvió caliente, denso y sumamente difícil de respirar. Yo tenía las manos apoyadas contra su pecho, sintiendo el latido desbocado, firme y potente de su corazón.
Ezra inclinó la cabeza lentamente, descendiendo hacia la línea de mi cuello expuesto debido al moño pulido. Su rostro quedó tan cerca de mi piel que pude sentir el roce sutil de su mandíbula afeitada contra mi oreja.
—No te muevas, Bianca —me susurró al oído con una voz extraordinariamente ronca, baja y sumamente concentrada que me caló hasta los huesos—. Quédate exactamente así. Deja que vean lo locamente obsesionado que estoy contigo.
Sus labios rozaron el lóbulo de mi oreja de forma deliberada, provocándome un escalofrío tan intenso que un jadeo involuntario escapó de mi boca. Mis dedos se clavaron de forma inconsciente en la tela fina de su camisa blanca, arrugándola entre mis puños mientras la tensión sexual que flotaba entre ambos alcanzaba un punto de no retorno.
—Estuviste magnífica allá dentro, pequeña diseñadora —continuó Ezra, y su aliento tibio acarició la piel sensible de mi cuello, haciéndome cerrar los ojos de pura intensidad—. Destrozaste el orgullo de tu ex novio con una sola frase y dejaste a mi madre sin argumentos frente a toda la junta de inversores. Nadie en este país ha tenido el valor de desafiar a Victoria Vardan en su propia mesa presidencial de esa manera. Lo hiciste extraordinariamente bien.
Las palabras de elogio, pronunciadas con esa voz ronca y cargada de una posesión real, me provocaron un vuelco salvaje en el estómago. No era la voz del CEO calculador que firmaba contratos de negocios; era la voz de un hombre que estaba siendo consumido por la misma atracción incontrolable que yo intentaba negar con todas mis fuerzas.
Ezra subió la cabeza con una lentitud tortuosa. Sus ojos de invierno se fijaron directamente en los míos, oscuros, intensos y cargados de un deseo prohibido que me nubló los pensamientos por completo. Su mano en mi cintura aplicó una ligera presión, pegando mis caderas a las suyas de una manera tan íntima que olvidé cómo respirar.
Estábamos tan cerca que sus labios perfectos quedaron a escasos milímetros de los míos. La tentación de romper la regla número uno de nuestro propio papel arrugado se volvió una fuerza gravitatoria casi imposible de resistir. El mundo exterior, las deudas, la criada en la ventana y la farsa corporativa desaparecieron de mi mente. En ese rincón oscuro del jardín, solo existía el calor de su cuerpo y la urgencia de su tacto quemándome la piel.
—Recuerda las reglas, Vardan —logré articular en un susurro tembloroso, obligando a mi mente a luchar contra la adrenalina que me nublaba el juicio—. Prohibido enamorarse. Prohibido tocarse a solas.
Ezra bajó la mirada hacia mi boca pintada de rojo carmín, y vi cómo la vena de su cuello se marcaba por el esfuerzo de mantener el autocontrol. Una sonrisa lenta, peligrosa y sumamente seductora apareció en sus labios.
—No estoy solo, Bianca —replicó en un murmullo letal, rozando sutilmente mi boca con la suya sin llegar a besarme—. La criada sigue mirando desde la ventana. Esto es parte del contrato que tú misma firmaste con trazos firmes. Yo solo... ejecuto el acuerdo a la perfección.
Se apartó con una lentitud exasperante, liberándome de su agarre posesivo y devolviéndome el aire que mis pulmones tanto necesitaban. Tomó su saco del hombro y se lo colocó con una elegancia impecable, volviendo a convertirse en la máscara de hielo inexpresiva de siempre.
Giré la cabeza hacia la ventana del segundo piso. La cortina se había cerrado por completo. La criada se había marchado a informarle a Victoria Vardan que el compromiso de su hijo era una realidad innegable y apasionada.
Mire a Ezra, sintiendo que la piel me seguía ardiendo en los puntos donde sus dedos me habían tocado contra el rosal. El segundo round contra su estricta familia había terminado, pero yo acababa de descubrir que el peligro real no estaba en los ataques de sus padres, sino en la tormenta incontrolable que amenazaba con destruir las barreras de mi propio corazón.