Con un movimiento rápido, impositivo y felino, me guió por un pasillo lateral oculto tras unas enormes columnas de mármol. Nos adentramos en una pequeña biblioteca privada en penumbra que olía a libros viejos, cuero y madera costosa.
Cerró la puerta de madera oscura de un golpe a nuestras espaldas, aislando por completo el ruido del exterior. Me atrapó entre su cuerpo atlético y la pared. El espacio era tan reducido que podía sentir el calor abrasador que emanaba de su pecho bajo el traje azul noche. Sus intensos ojos grises centelleaban con una fijeza implacable en medio de la oscuridad.
—¿Qué haces, Vardan? —le siseé en un susurro apresurado, con el corazón martilleándome las costillas de pura alarma—. La cena de gala está por comenzar. Los invitados ya están allí.
—Te estoy poniendo en contexto, pequeña diseñadora —respondió él, su voz bajando a un tono ronco, bajo y sumamente concentrado que me erizó la piel por completo—. Necesito que dejes tu orgullo afuera por un momento. Debes recordar muy bien la llamada telefónica de mi madre, Victoria Vardan, de la noche anterior.
Tragué saliva con dificultad, obligándome a sostenerle la mirada fría de invierno a pesar de la insoportable tensión sexual que flotaba entre ambos. Mi espalda chocaba contra la dura madera de la estantería, dejándome casi sin escapatoria ante su imponente estatura.
—Tu madre por lo que he escuchado es sumamente ofensiva, Ezra —le dije, sintiendo que la indignación me encendía la sangre—. Si piensa que me va a tratar como una cualquiera, no se lo voy a permitir. Sé perfectamente que no cree en este compromiso repentino. No es necesario que me lo repitas en la oscuridad.
—Y por eso mismo exigió esta cena familiar de inspección inmediata —sentenció él, reduciendo la distancia entre nuestros rostros a escasos centímetros. Su aroma a madera y ámbar me nubló el juicio—. Victoria es un tiburón corporativo.
Ella no viene a compartir una velada agradable, viene a destruirte públicamente para demostrarle al consejo que eres una mujer de clase media que solo busca una tajada de nuestro imperio hotelero.
La mención de sus intenciones hizo que una oleada de rabia pura, barriera todo el nerviosismo de mi sistema. El peso del enorme anillo de platino en mi dedo izquierdo se sintió más real que nunca. Apreté los dedos de mi mano libre contra el frente de su camisa blanca impecable, sintiendo los músculos tensos de su pecho.
—Si tu estricta familia cree que voy a agachar la cabeza y dejarme pisotear, están muy equivocados —le aseguré con una sonrisa letal—. Soportaré su inspección y les daré el mejor espectáculo de su vida. No me asustan sus millones ni sus apellidos.
Ezra me miró durante un segundo largo, y vi cómo una chispa de posesión y fría victoria oscurecía sus pupilas grises. Su mano grande aplicó una ligera presión en la mía, entrelazando sus dedos largos con los míos con una firmeza que se sintió aterradoramente real. Una corriente eléctrica recorrió mi brazo, desarmando mi postura por una fracción de segundo.
—Eso es lo que quería escuchar, prometida —susurró al oído, su aliento rozando mi oreja y provocándome un escalofrío salvaje—. Victoria no estará sola en esa mesa. Logró que mi padre apoyara la moción. Arthur Vardan estará observando cada uno de tus movimientos, evaluando si tu presencia afecta el valor de nuestras acciones en París. En este mundo, un error en el uso de los cubiertos o una respuesta titubeante equivale a una declaración de quiebra.
Me pegué más a él, desafiando su cercanía física y la forma en que sus ojos devoraban mis labios pintados de rojo carmín.
—He lidiado con clientes difíciles y con personas que se creen superiores toda mi vida, Vardan. Tu padre no será la excepción —le respondí, forzando una calma que mis latidos desmentían—. Sé actuar bajo presión. Por algo firmé ese contrato de seis meses en tu caoba.
—No se trata solo de etiqueta, Bianca —añadió Ezra, y su mandíbula se apretó de una manera que delataba un peligro real—. Cristhian Olmos logró asegurar una invitación de último minuto a través de mi madre. Trajo a Vanessa con él. Están utilizando sus contratos de distribución textil como una palanca para ganarse el favor de la junta directiva de mi familia. Van a intentar sacar a relucir tu pasado para humillarte frente a los inversores que financian mi holding.
El nombre de mi ex novio resonó en la pequeña biblioteca como un disparo. La imagen de Mariana cancelándome el contrato esa mañana y la humillación de ver mis deudas acumuladas regresaron con la fuerza de un huracán. Cristhian pensaba que me había dejado en la ruina, y ahora pretendía usar a la dinastía Vardan para pisotear los últimos restos de mi dignidad.
—¿Cristhian cree que puede usar a tus padres como un arma contra mí? —le siseé, y mis ojos chispearon con una furia incontenible—. Excelente. Eso solo hará que su caída profesional sea mucho más placentera de ver. No me voy a romper frente a él, Ezra. Ni frente a tu madre.
Ezra bajó la vista hacia mi mano entrelazada con la suya, donde el diamante brillaba sutilmente bajo la penumbra. Una sonrisa lenta, peligrosa y sumamente atractiva apareció en sus labios perfectos. Era la sonrisa de un hombre que acababa de confirmar que su escudo era indestructible.
—Perfecto —dijo en un murmullo ronco que vibró en el aire cerrado—. A partir de este segundo, la distancia de un metro de tu regla número tres queda oficialmente anulada hasta que regresemos al
penthouse. Frente a ellos, eres mía. Me miras como si fuera tu único refugio y dejas que mi cuerpo te proteja de sus ataques. ¿Entendido?
—Solo es una actuación, Vardan —le recordé, tragando saliva ante la intensidad de su contacto—. No te confundas.
—Sé perfectamente que es un negocio, pequeña diseñadora —replicó él, apartándose con una lentitud exasperante y abriendo la puerta de la biblioteca privada—. Pero asegúrate de que el mundo entero se crea nuestra mentira.
La luz dorada del pasillo principal nos envolvió de golpe. Ezra pasó su brazo derecho alrededor de mi cintura baja con un gesto brutalmente posesivo, pegando mi espalda descubierta contra su costado. Caminamos juntos hacia las enormes puertas dobles del gran salón, listos para cruzar la línea enemiga y comenzar la farsa pública.