La tensión en el vestíbulo principal se podía cortar con un cuchillo.
Nadie se movía. Nadie respiraba. Las palabras de mi respuesta todavía flotaban en el aire dorado de la mansión, desafiando el orden establecido por la dinastía Vardan.
Victoria Vardan mantenía sus ojos oscuros clavados en mí. Sus dedos, enjoyados con esmeraldas que hacían juego de forma irónica con mi vestido, se tensaron sobre el borde de la mesa presidencial. Una rigidez aristocrática se apoderó de su postura, demostrando q