La tensión en el vestíbulo principal se podía cortar con un cuchillo.
Nadie se movía. Nadie respiraba. Las palabras de mi respuesta todavía flotaban en el aire dorado de la mansión, desafiando el orden establecido por la dinastía Vardan.
Victoria Vardan mantenía sus ojos oscuros clavados en mí. Sus dedos, enjoyados con esmeraldas que hacían juego de forma irónica con mi vestido, se tensaron sobre el borde de la mesa presidencial. Una rigidez aristocrática se apoderó de su postura, demostrando que no estaba acostumbrada a que una desconocida de clase media le sostuviera la mirada con tanta soltura.
A su lado, Cristhian Olmos borró de inmediato su sonrisa burlona.
El silencio se prolongó durante varios segundos exasperantes. El sutil tintineo de los cubiertos de plata de los otros invitados, que observaban la escena desde las mesas secundarias, parecía marcar el ritmo de este segundo asalto. Éramos dos boxeadores midiendo sus fuerzas en el centro del cuadrilátero, esperando a ver quién daba el próximo golpe definitivo.
—Veo que la señorita Serna tiene una lengua bastante rápida, Ezra —pronunció finalmente la matriarca, su voz bajando a un tono peligrosamente agudo y cortante—. Es una lástima que la rapidez de palabra no siempre venga acompañada de la educación adecuada que se requiere para portar nuestro apellido en los círculos financieros de Europa.
—Bianca tiene exactamente la educación y el carácter que yo busco en una mujer, madre —intervino Ezra.
Su voz profunda, ronca y pausada resonó con una autoridad tan implacable que provocó un sutil sobresalto en los hombros de Vanessa Rovira, quien seguía oculta detrás de la figura de Cristhian.
El agarre de Ezra en mi mano entrelazada se volvió aún más firme. Sus dedos largos aplicaron una presión constante, un recordatorio físico de que seguíamos bajo el estricto protocolo de nuestra farsa corporativa. No me quitaba los ojos de encima, fingiendo ante todos una devoción posesiva que me aceleró el pulso de una forma alarmante.
—Ella no necesita la aprobación de los analistas de imagen de París para ser perfecta ante mis ojos —añadió Ezra, mirando a su madre con una frialdad glacial—. Su audacia es precisamente lo que mantiene la estabilidad de mis decisiones.
Arthur Vardan, el temido patriarca, carraspeó de forma solemne. Golpeó sutilmente su bastón con empuñadura de oro contra el suelo de mármol tallado, atrayendo la atención de toda la mesa presidencial.
Su rostro cansado seguía siendo una máscara de piedra inexpresiva, pero sus intensos ojos grises, idénticos a los de su hijo, se desviaron hacia mí con una fijeza analítica.
—La cena se está enfriando, Victoria —sentenció el viejo magnate con una voz de mando que no admitía réplicas—. Dejemos las evaluaciones de etiqueta para los postres. Los inversores de la junta están esperando que demos la señal para dar inicio formal a la velada.
Victoria apretó los labios con evidente descontento, pero asintió sutilmente con la cabeza hacia los meseros uniformados que aguardaban detrás de las columnas de mármol.
—Tienes razón, Arthur —replicó la matriarca, forzando una sonrisa de anfitriona perfecta que no le llegaba a los ojos—. Tomemos asiento. Cristhian, Vanessa... por favor, acompáñennos en el sector derecho de la mesa. Quiero que los directores de la distribuidora textil estén cerca para discutir los nuevos contratos de exportación de Asia.
Cristhian dio un paso al frente, acomodándose el saco de su esmoquin con una falsa confianza que conocía demasiado bien. Antes de avanzar hacia su silla asignada, detuvo sus ojos inyectados de rabia directamente en mí.
Intentó usar esa mirada de superioridad con la que me había dejado en la ruina hacía tres meses, buscando intimidarme en medio de la riqueza de los Vardan.
—Buenas noches, Bianca —dijo Cristhian con una voz falsamente melodiosa, asegurándose de que su tono llegara a los oídos de Arthur Vardan—. Me alegra ver que lograste dejar tu pequeño departamento para asistir. Es una verdadera sorpresa encontrarte en un evento de este nivel. Espero que... disfrutes de la alta cocina. No es algo a lo que estés acostumbrada en tu rutina diaria, ¿verdad?
El insulto fue directo, diseñado para recordarle a la familia Vardan mis orígenes humildes y sembrar la duda sobre mi legitimidad en esa mesa presidencial.
Vanessa, a su lado, esbozó una mueca de triunfo, relamiéndose por la aparente humillación que su ahora esposo me acababa de lanzar en la cara frente a los inversores más influyentes de la ciudad.
Sentí que una oleada de rabia pura me subía por el pecho, amenazando con desarmar mi compostura. Pero antes de que pudiera articular palabra o cometer un error impulsivo, el cuerpo atlético e imponente de Ezra se movió sutilmente, interponiéndose a mitad de camino entre Cristhian y yo.
Su sola presencia física inundó el espacio, obligando a mi ex novio a dar un paso atrás por puro instinto de supervivencia ante la abrumadora diferencia de estatura. Ezra metió su mano libre en el bolsillo de su pantalón de vestir, miró a Cristhian de arriba abajo con un desprecio absoluto y habló con una voz tan clara que varias mesas cercanas guardaron silencio instantáneo.
—Olmos —pronunció Ezra, usando su apellido con una frialdad que heló el ambiente—. Te sugiero que midas con extrema precisión cada una de las palabras que diriges hacia mi prometida a partir de este segundo. Estás sentado en esta mesa como un invitado secundario debido a las alianzas de materia prima de mi holding, no porque tu presencia sea indispensable para mi familia. Un solo comentario fuera de lugar de tu parte, y me encargaré personalmente de que tus contratos textiles en Asia se cancelen antes de que termine la noche.
Cristhian palideció por completo en un parpadeo. La autoridad y la amenaza implícita en las palabras del CEO de Corporación Vardan eran tan reales que se quedó mudo, tragando saliva con evidente dificultad. Sus puños se apretaron con impotencia al verse rebajado de esa manera frente a sus propios socios comerciales.
—Ezra, por favor... los invitados nos observan —intervino Victoria con una nota de nerviosismo en su voz aguda, al notar que el control de la situación se le escapaba de las manos.
Ezra no respondió a su madre. Se limitó a mirarlos alejarse con una sonrisa de superioridad fría que me hizo estremecer el corazón de una forma extraña. El orgullo de Cristhian había quedado completamente despedazado en menos de dos minutos en su propio terreno de juego. Mi venganza estaba siendo perfecta.
Giré la cabeza sutilmente para mirar a Ezra, dispuesta a agradecerle en un susurro por su excelente "actuación" defensiva. Pero en cuanto mis ojos se cruzaron con los suyos, me quedé sin aire.
Él seguía mirándome con esa misma intensidad implacable, posesiva y sumamente concentrada que había usado frente a la prensa el sábado por la noche. Su brazo derecho se deslizó de regreso alrededor de mi cintura baja, pegando mi espalda descubierta contra la fina tela de su traje azul noche. El roce de sus dedos contra mi piel desnuda me provocó una descarga eléctrica salvaje que me erizó los vellos de los brazos.
No parecía estar interpretando un papel para las cámaras o para los inversores. Actuaba como un depredador que acababa de marcar su territorio ante el mundo exterior, reclamándome como suya frente a las víboras que nos rodeaban.
—Mantén la guardia alta, pequeña diseñadora —me susurró al oído, su aliento tibio provocándome un escalofrío que me recorrió toda la columna vertebral—. Esto apenas es el inicio del segundo asalto. Mi madre todavía no ha usado sus mejores cartas en la mesa presidencial. Caminemos.
Apreté los dedos de mi mano libre contra su pecho musculoso, sintiendo el latido firme, calmado e imperturbable de su corazón bajo el traje de etiqueta. Todo esto era un acuerdo comercial de seis meses, un negocio frío basado en un papel arrugado de cuaderno, pero la fuerza de su cuerpo protegiéndome y la inquebrantable seguridad que transmitía me hicieron sentir, por primera vez en meses, que no estaba sola en esta batalla destructiva.
Caminamos juntos hacia nuestros asientos asignados en el centro de la mesa principal, listos para ocupar nuestro lugar en la cena de inspección más peligrosa de la alta sociedad.