A las siete en punto, el intercomunicador de mi suite, vibró corta y demandantemente.
—Bianca —la voz profunda y ronca de Ezra sonó a través del aparato—. El equipo de estilistas de la firma acaba de ingresar al vestíbulo. Tienen doce horas exactas para dejarte lista. No me hagas esperar.
Salí de la habitación envuelta en mi bata de algodón, decidida a frenar sus aires de grandeza.
En cuanto llegué a la barra de la cocina, me detuve. Ezra ya estaba perfectamente duchado. Vestía unos pantalones