El cuero del sillón crujió suavemente cuando Sophie se sentó, rígida, con las manos entrelazadas sobre su regazo. El escritorio de ébano entre ella y Damien parecía demasiado ancho y, a la vez, insuficiente para protegerla de su mirada.
Él se acomodó en su silla con un gesto de absoluta posesión. El ventanal detrás bañaba su silueta de luz, proyectando su figura poderosa y oscura contra el skyline de Manhattan.
—Necesito que finja ser mi prometida —dijo sin preámbulos.
El aire se le escapó de l