El sol apenas asomaba tímido por el horizonte cuando los primeros rayos comenzaron a teñir el dormitorio con un resplandor dorado y limpio. La luz atravesaba las cortinas semitransparentes, llenando el aire de una claridad cálida que parecía querer disipar cualquier sombra de duda. El canto de unos pájaros madrugadores llegaba desde los balcones cercanos, mezclándose con el murmullo lejano de la ciudad que despertaba.
Ana Lucía abrió los ojos lentamente. Durante un instante permaneció inmóvil,