Una hora después, el sol seguía en lo más alto.
Ana Lucía estaba sentada en un pequeño café. El lugar tenía un encanto simple.
Se abrazó a sí misma, no por frío, sino por la mezcla de nervios y emoción que sentía. A su lado, había una pequeña maleta con lo justo: un vestido de lino para la cena, una chaqueta para el frío de la montaña y algo de ropa ligera para la noche.
El aroma del café recién molido se mezclaba con el de los panes calientes que salían del horno, llenando el aire de una cali