El amanecer llegó suave, filtrándose por las cortinas de la casa de doña Adela. Ana Lucía abrió los ojos lentamente, sintiendo una mezcla de nerviosismo y emoción. No había dormido bien, aunque la calma del hogar de su abuela había logrado que se sintiera segura.
Un suave timbre en la puerta la hizo levantarse de inmediato. Doña Amelia, con el cabello aún desordenado, la miró con curiosidad.
—Mi niña, saldré al mercado con Carmen ¿Esperas a alguien, hija? —preguntó doblando la bolsa de compras.