La noche había caído suave sobre la ciudad, envolviéndola en una calma luminosa que apenas era interrumpida por el canto lejano de una cigarra o el murmullo de las hojas mecidas por el viento cálido. Al llegar a la mansión, el coche de Maximiliano se deslizó con elegancia por la entrada adoquinada, reflejando las luces tenues de los faroles de jardín en su pintura oscura.
Emma dormía profundamente en los brazos de su padre, con las mejillas coloradas por la risa, los dedos aún pegajosos de azúc