El sol de la tarde caía tibio sobre la ciudad, bañando los edificios con una luz dorada que hacía parpadear los ventanales como espejos. En el estacionamiento del centro comercial, Ana Lucía ajustó su bolso al hombro mientras sostenía la mano pequeña y cálida de Emma, que no paraba de dar saltitos de emoción.
—¿Y papi ya llegó? —preguntó la niña, con los ojos grandes fijos en la entrada.
Ana sonrió, acariciándole el cabello.
—Ya casi, princesa. Dijo que no tardaba.
Emma apretó su mano con más f