Dentro del apartamento de lujo, el silencio era apenas interrumpido por el zumbido del aire acondicionado y el eco sordo de los tacones de Mariela sobre el mármol. Caminaba de un lado a otro como una fiera enjaulada, con los ojos húmedos de rabia, sosteniendo el móvil entre los dedos temblorosos.
El maquillaje, cuidadosamente aplicado por la tarde, comenzaba a deslizarse en pequeños surcos de rímel por sus mejillas. Su cabello, tan perfectamente ondulado horas antes, caía ahora desordenado sobr