Ana Lucía había llegado a su destino. El aroma a pan recién horneado flotaba en el aire junto al suave murmullo de las hojas moviéndose con la brisa fresca de la sierra. Ana Lucía subía los últimos escalones del porche de madera, con el bolso colgando de un hombro y el celular en la mano, aún mirando fijamente la imagen en la pantalla.
Suspiró, apretó la mandíbula y llamó a la puerta de la casa.
—¡Ya voy! —respondió la voz cálida y ronca de su abuela desde dentro.
El sonido de las chancle