La tarde ya estaba dorada y cálida, con el sol descendiendo lentamente entre los edificios antiguos que rodeaban la universidad. El aire olía a jacarandas en flor, a papel y tiza, a café filtrado desde el quiosco del fondo del patio. Ana Lucía caminaba con paso firme por el sendero adoquinado que llevaba a la facultad, con su mochila bien sujeta a la espalda y una carpeta gruesa entre los brazos. El uniforme informal del campus —jeans, blusa azul y zapatillas limpias— contrastaba con la compost