El amanecer se deslizó con lentitud sobre la ciudad, desde aquella altura, despertaba con el bullicio habitual: cláxones lejanos, voces que se perdían entre los edificios, y el zumbido constante del tráfico.
Maximiliano estaba de pie frente a los ventanales de su oficina, con una taza de café entre las manos, observando sin realmente mirar. La bebida ya se había enfriado, pero no lo notaba. Su mente repasaba cada segundo de la noche anterior: el roce de Ana Lucía, su mirada esquiva, la forma en