El reloj marcaba las nueve y treinta cuando Ana Lucía arropó con cuidado a Emma. La niña dormía profundamente, con la boquita entreabierta y las pestañas largas descansando sobre sus mejillas sonrosadas. El cuarto olía a lavanda, y una suave música instrumental flotaba en el aire como un susurro.
Maximiliano se había mantenido cerca, observando desde la puerta con los brazos cruzados y el ceño levemente fruncido. No era por preocupación… era otra cosa. Algo que hervía bajo su piel desde el mome