La noche seguía encendiendo sobre la ciudad como un manto aterciopelado, y en lo alto de la colina, la mansión Santillana brillaba con luces cálidas que filtraban destellos dorados a través de sus amplios ventanales. Las copas de los árboles, meciéndose con la brisa templada de la tarde, rozaban suavemente los muros, y el rumor de las fuentes en el jardín era apenas un susurro en el silencio expectante del hogar.
Maximiliano estacionó su coche con movimientos pausados. Sus dedos tamborileaban s