El sol apenas comenzaba a teñir de oro los bordes del cielo cuando el sonido del despertador interrumpió el silencio de la habitación. Ana Lucía lo apagó con un movimiento ágil, acostumbrada a los ritmos madrugadores.
Se dirigió a la habitación de Emma y la vio tan dormida. Ana se quedó unos segundos observándola. Sus pestañas largas, su respiración suave, el mechón de cabello alborotado sobre la frente. Se sentía afortunada por tenerla, aunque no fuera suya. Le acarició la mejilla con cuidado