La noche había caído por completo, trayendo consigo una brisa suave que se colaba por las ventanas abiertas del pasillo del segundo piso. Ana caminaba descalza, con una taza de té de manzanilla entre las manos y el rostro sereno, aunque en sus ojos danzaban sombras de pensamientos antiguos.
Al pasar frente al cuarto de Emma, detuvo el paso. Empujó ligeramente la puerta y la vio dormida, enredada en sus sábanas, abrazando un peluche de reno. En su rostro había una paz que conmovía.
Ana sonrió co