La tarde caía con lentitud sobre la ciudad, tiñendo de ámbar las paredes exteriores de la mansión Santillana. Un suave viento mecía las copas de los árboles del jardín, mientras los rayos del sol se filtraban entre las cortinas de lino claro que colgaban en las enormes ventanas del salón principal. El sonido de los pájaros que anidaban en las ramas cercanas se mezclaba con el murmullo lejano del tráfico, apenas perceptible en ese rincón de tranquilidad.
Ana Lucía, sentada en uno de los sillones