El edificio del tribunal se erguía como una mole gris y fría, con columnas de piedra que parecían desafiar el paso del tiempo. El eco de pasos apresurados se mezclaba con murmullos de abogados, secretarios y familiares que esperaban turno en los pasillos. Afuera, la mañana estaba encapotada, con un cielo color plomo que prometía lluvia; la humedad del ambiente se filtraba en los huesos y hacía más denso cada respiro.
Ana Lucía caminaba junto a Maximiliano, estrechando con fuerza la mano de Emma