La mansión Santillana parecía más sombría que nunca, como si la tormenta que días atrás había rugido sobre la ciudad hubiera dejado impregnada su oscuridad en los muros de piedra. Los ventanales, altos y elegantes, reflejaban el cielo gris plomizo de esa tarde. El aire estaba denso, pesado, y un aroma tenue a vino mezclado con flores marchitas flotaba en el ambiente, como si la casa respirara recuerdos rancios que se negaban a morir.
El eco de un reloj antiguo resonaba en la estancia con un rit