La ciudad despertaba bajo un cielo encapotado, donde las nubes bajas parecían querer tragarse las torres de los edificios. El aire húmedo arrastraba un olor a tierra mojada y a hierro oxidado, como si la tormenta de días atrás hubiese dejado impregnada una advertencia en cada esquina. El rumor de los neumáticos sobre el asfalto mojado se mezclaba con el ulular ocasional de una sirena lejana. Los charcos multiplicaban las luces de los semáforos en destellos rojos y verdes que parpadeaban cansado