La noche había caído con suavidad sobre la mansión, envolviéndola en un silencio cálido y perfumado por los rosales que bordeaban el jardín. Las farolas exteriores proyectaban una luz dorada sobre los caminos de piedra, mientras el leve crujido del portón al cerrarse anunciaba el regreso de Maximiliano y Ana Lucía.
El motor del auto se apagó con un suspiro, y Ana Lucía soltó el cinturón en silencio. Miró hacia la casa iluminada, con el corazón latiendo con una mezcla de ansiedad y ternura. Sabí