La luz matinal se filtraba por los ventanales de la mansión como una caricia tibia, derramando reflejos dorados sobre los muebles de madera oscura y los pisos relucientes. Ana Lucía respiró profundo, sintiendo el aroma del pan tostado mezclado con café recién hecho. Caminaba descalza por el pasillo, con el cabello recogido en un moño bajo y una blusa blanca arremangada. Esa mañana todo iba a cambiar. Lo había decidido con firmeza. Su presencia debía retroceder para que Emma encontrara su propio