La lluvia aún no cesaba cuando Ana Lucía cruzó el umbral de la mansión, envuelta en un abrigo largo y con el cabello húmedo pegado a las sienes. El portón se cerró tras ella con un golpe suave, y lo primero que percibió fue el olor a madera mojada y a cera de vela encendida. Las luces cálidas del vestíbulo iluminaban el mármol pálido del piso, y un leve murmullo provenía de alguna habitación lejana, quizás la televisión encendida o el viento susurrando en los ventanales.
Se sacudió el abrigo co