La brisa de la tarde se colaba entre los ventanales abiertos de la mansión, haciendo ondear ligeramente las cortinas de lino blanco. El aire olía a jazmín fresco y a tierra húmeda, anunciando la inminente llegada de una tormenta de verano. En el interior, todo parecía tranquilo: las chicas del servicio ordenaban discretamente, y desde la sala se oía a lo lejos el sonido tenue del canto que Emma solía cantar con torpeza y entusiasmo.
—Emma, vamos a salir —Interrumpió Catalina, con una cartera e