La luz de la mañana entraba por los ventanales como una cascada cálida, tiñendo de dorado los pasillos amplios de la empresa. Emma caminaba entre Ana Lucía y Maximiliano, sosteniéndoles las manos, con sus zapatillas blancas haciendo pequeños ruiditos sobre el mármol pulido. Tenía una sonrisa ancha, de esas que iluminan más que el sol, y sus ojos saltaban de un lado a otro, como si todo lo que la rodeaba fuera un mundo nuevo por descubrir.
—¡Huele raro aquí! —dijo, frunciendo la naricita.
Ana Lu