La camioneta negra cruzó lentamente la verja principal de la mansión. El sol de la tarde caía oblicuo sobre el jardín, bañando los rosales recién podados en tonos dorados y cálidos. El aire olía a pasto húmedo, a tierra removida, y a ese perfume dulce de las bugambilias que se trepaban por una de las pérgolas del patio lateral.
Emma bostezaba, con la mejilla aún pegada al costado de Ana Lucía, mientras el vehículo se detenía suavemente frente a la escalinata principal. Maximiliano apagó el moto