El despacho. Ana Lucía estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y la mirada perdida en el jardín ya sumido en la oscuridad. Cuando Maximiliano entró, cerró la puerta tras de sí y se quedó unos segundos observándola en silencio, como si intuyera que algo importante estaba a punto de decirse.
—¿Cómo estás? —preguntó él con suavidad.
Ana Lucía se giró. Tenía el ceño ligeramente fruncido, como si aún procesara la escena en la entrada.
—Confundida —respondió, sin rodeos—. No esperab