Doscientos veinte años después de aquella noche que lo cambió todo.
El Valle de la Manzana ya no era un valle. Era un mundo dentro del mundo. Los árboles dorados formaban un bosque infinito que cubría continentes enteros, brillando como un segundo sol durante las noches claras. El Santuario se había convertido en la capital espiritual de una civilización que había aprendido, por fin, a vivir sin dueños.
Lira XIX, de treinta y seis años, estaba de pie en la cima de la antigua torre Voss, ahora c