Quinientos diez años después de aquella noche que lo cambió todo.
Nuevo Amanecer ya no era un planeta virgen. Los primeros bosques dorados crecían en valles fértiles, brillando bajo un sol más naranja que el de la Tierra. Las ciudades se construían integradas con la naturaleza, con árboles dorados como pilares vivos de los edificios. La humanidad había aprendido, por fin, a no conquistar, sino a convivir.
Lira XLII, de treinta y tres años, caminaba descalza por un sendero recién abierto en el p