EPÍLOGO

Quinientos cincuenta años después…

En la cima de la Colina del Primer Suspiro, bajo el Árbol Madre que ya medía más de cien metros de altura, Lira XLIV plantó la última semilla dorada con sus propias manos. No era una semilla cualquiera. Era la que había viajado con ella desde la Tierra, guardada durante generaciones.

El viento de Nuevo Amanecer soplaba suave, cargado del aroma dulce de los bosques que ahora cubrían el planeta. Miles de personas observaban en silencio. No era una ceremonia grandiosa. Era un adiós y un hola al mismo tiempo.

Lira XLIV se levantó, se limpió las manos de tierra y miró al horizonte donde dos soles se ponían en tonos dorados y violetas.

—Hace quinientos cincuenta años —dijo con voz clara que llegó hasta el último rincón—, una mujer sin nombre entró desnuda en una torre y mordió una manzana. No quería poder. Solo quería ser libre. Hoy, esa misma libertad respira en este mundo. Y en los que vendrán.

Levantó la mirada al cielo.

—Kael, Lira… gracias. Por enseñarnos que el amor más fuerte nace del caos. Por mostrarnos que ser indomable no es no caer, sino levantarse siempre juntos. Vuestro fuego ya no es vuestro. Es nuestro. Es de todos.

Una brisa cálida recorrió el claro, y por un instante, todos sintieron una presencia amorosa, como un abrazo invisible.

Lira XLIV sonrió con lágrimas en los ojos.

—Que esta semilla crezca salvaje. Que este mundo nunca olvide que todo empezó con una manzana… y un amor que se negó a rendirse.

Mordió una manzana dorada frente a todos.

La luz dorada brilló suavemente, envolviéndolo todo.

Y en ese momento, la historia del CEO y la Indomable dejó de pertenecer al pasado.

Se convirtió en el presente.

Se convirtió en el futuro.

Se convirtió en todos ellos.

Lira XLIV se quedó de pie mucho después de que la multitud se hubiera dispersado. El viento de Nuevo Amanecer soplaba suave entre las hojas doradas, como si el planeta mismo estuviera respirando junto a ella. Abajo, las luces de las ciudades brillaban como un mar de estrellas caídas, integradas entre los árboles que ya formaban parte del alma del mundo.

Ares XIII se acercó en silencio y la abrazó por detrás, apoyando la barbilla en su hombro.

—Quinientos cincuenta años —murmuró—. Y todavía siento que acabamos de empezar.

Lira XLIV cerró los ojos y se dejó envolver por su calor.

—Ellos no nos dejaron un imperio. Nos dejaron una pregunta: ¿qué harás tú con esta libertad? Hoy, por fin, creo que estamos respondiendo correctamente.

Sol XVII, su hija menor, subió la colina corriendo y se unió al abrazo familiar. Sus ojos brillaban con la misma chispa indomable.

—Madre, ¿crees que en algún lugar del universo hay otra Lira mordiendo otra manzana en este mismo momento?

Lira XLIV sonrió con lágrimas en los ojos.

—Espero que sí. Porque el fuego no se apaga. Solo se multiplica.

En los años que siguieron, la familia creció y se ramificó como los mismos árboles dorados. Nova XII se convirtió en la primera embajadora interestelar, llevando semillas y historias a las colonias de Próxima Centauri. Kael XXV diseñó naves que podían viajar más rápido que la luz, inspirado en la rebeldía de su tatarabuelo. Sol XVII fundó escuelas donde los niños aprendían no solo historia, sino a cuestionarla.

Cada generación tomó la manzana a su manera.

Algunos la mordieron con furia.

Otros la plantaron con paciencia.

Algunos la compartieron.

Otros la guardaron como tesoro.

Pero todos, sin excepción, llevaron el fuego.

Lira XLIV vivió muchos años más. Cuando sintió que su tiempo en este mundo llegaba a su fin, pidió que la llevaran al Claro Ancestral. Allí, bajo el Árbol Madre, rodeada de sus hijos, nietos y bisnietos, pidió una última cosa:

—Plantad una semilla conmigo. No para recordarme. Sino para que el bosque siga creciendo cuando yo ya no esté.

Y así lo hicieron.

Su último aliento fue una sonrisa.

Y cuando cerró los ojos, sintió una brisa cálida que olía a manzanas.

En el plano eterno, Lira Sol y Kael Voss la esperaban con los brazos abiertos.

—Bienvenida a casa —dijo Lira Sol, abrazándola con fuerza.

Kael Voss inclinó la cabeza con respeto.

—Has hecho un gran trabajo.

Lira XLIV miró el cosmos infinito que ahora era su hogar.

—Solo continué lo que vosotros empezasteis.

Los tres se fundieron en una luz dorada más brillante que nunca, convirtiéndose en parte del tejido mismo del universo.

Y en Nuevo Amanecer, el bosque dorado siguió creciendo.

En la Tierra, los árboles antiguos seguían brillando.

En Marte, las primeras flores doradas brotaban entre la arena roja.

Y en las naves que viajaban hacia las estrellas lejanas, niños mordían manzanas y soñaban con mundos nuevos.

Porque algunas historias no terminan.

Se siembran.

Se respiran.

Se multiplican.

Y la del CEO y la Indomable se había convertido en el latido mismo del universo.

Una llama que nunca se apaga.

Una invitación eterna.

Un amor sin fronteras.

DEDICATORIA

A todas las Liras que llevan fuego dentro.

A la mujer que se atreve a entrar desnuda en la torre de su propia vida.

A la que muerde la manzana aunque el mundo le diga que es veneno.

A la que ama aunque duela, que cae aunque sea duro, y que se levanta aunque nadie la ayude.

A las que rompen esquemas, que cuestionan imperios, que eligen ser indomables aunque el precio sea alto.

Esta historia es para ti.

Que nunca te rindas.

Que nunca pidas permiso para brillar.

Que siempre muerdas la manzana.

Y a ti, que estás leyendo esto ahora mismo:

Que muerdas tu propia manzana sin miedo.

Que entres desnuda a tu propia torre.

Que ames aunque el mundo se derrumbe.

Que seas indomable, aunque solo sea por un día.

Porque el fuego que empezó hace quinientos cincuenta años…

todavía arde.

Y ahora arde en ti.

Gracias por acompañarme en este viaje.

Con amor y rebeldía,

La autora

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