La torre Voss se elevaba como una lanza negra y reluciente sobre el corazón de Neo-Córdoba, perforando el cielo contaminado de la ciudad. Con 217 pisos de altura, era más que un edificio: era un monumento al control absoluto. Desde sus cimientos hasta su aguja superior, cada centímetro estaba diseñado para recordar a quien lo mirara que el poder ya no pertenecía a los gobiernos, sino a las corporaciones. Y en la cima de ese poder, reinaba Kael Voss.Kael estaba de pie frente al ventanal panorámico de su oficina, con las manos entrelazadas a la espalda. Su traje negro, hecho a medida con nanofibras que se ajustaban perfectamente a su cuerpo sintético, apenas se movía. No necesitaba dormir. No necesitaba comer. No necesitaba sentir. Su existencia era una sinfonía perfecta de algoritmos, datos y decisiones calculadas con precisión quirúrgica.Aun así, a las 3:47 de la madrugada, algo rompió la armonía.Sus ojos, de un azul tan frío que parecía plateado bajo la luz artificial, se entrecer
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