Doscientos años después de aquella noche que lo cambió todo.
El Valle de la Manzana ya no era un valle. Era un continente entero de luz dorada. Los árboles ancestrales formaban bosques infinitos que cubrían montañas y valles, brillando como un segundo sol durante las noches claras. El Santuario se había convertido en la capital espiritual de un mundo que había aprendido, por fin, a vivir sin cadenas.
Lira XX, de treinta y cinco años, estaba de pie en la cima de la antigua torre Voss, ahora conv