Doscientos diez años después de aquella noche legendaria.
El Valle de la Manzana ya no era un valle. Era un continente entero de luz y memoria. Los árboles dorados formaban bosques infinitos que se veían desde el espacio, brillando como un segundo sol durante las noches claras. El Santuario se había convertido en la capital espiritual de un mundo que había aprendido, por fin, a vivir sin dueños.
Lira XVIII, de veintisiete años, estaba de pie en la cima de la antigua torre Voss, ahora convertida