Quinientos veinte años después de aquella noche que lo cambió todo.
Nuevo Amanecer ya no era una colonia. Era un mundo vivo. Los bosques dorados cubrían valles enteros, brillando con una luz suave que se veía desde el espacio. Las ciudades se habían integrado completamente con la naturaleza: casas que crecían junto a los árboles, puentes hechos de raíces vivas y caminos que respetaban el latido del planeta. La humanidad había aprendido, por fin, a no dominar, sino a escuchar.
Lira XLIII, de tre