Quinientos cincuenta años después de aquella noche que lo cambió todo.
Nuevo Amanecer brillaba bajo sus dos soles. Los bosques dorados cubrían valles, montañas y costas, formando un tapiz vivo que se podía ver desde el espacio. Las ciudades crecían en armonía con la naturaleza, y la humanidad había aprendido, por fin, a ser parte del mundo en lugar de su dueño.
Lira XLIV, de treinta y ocho años, estaba de pie en la cima de la Colina del Primer Suspiro, el lugar sagrado donde su tatarabuela habí