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El Primer Aliento de un Nuevo Sol"

Quinientos años después de aquella noche que lo cambió todo.

La nave generacional Indomable I había completado su primer salto interestelar. Ahora orbitaba un exoplaneta azul-verde al que habían llamado “Nuevo Amanecer”. Los árboles dorados ya crecían en los invernaderos de la nave y se preparaban para ser plantados en suelo alienígena.

Lira XLI, de treinta años, estaba de pie en la plataforma de descenso, vestida con el traje ligero de exploración. Su cabello negro estaba recogido en una trenza práctica, pero algunos mechones rebeldes flotaban alrededor de su rostro. Sus ojos plateado-dorados brillaban con una mezcla de nervios y excitación que recordaba a su tatarabuela.

A su lado estaba su pareja, Ren VIII, y su hermano menor, Kael XXIII, de veintiocho años.

—Quinientos años —dijo Lira XLI en voz baja, mirando el planeta a través del ventanal—. Y hoy pisaremos un mundo que nadie de nuestra sangre ha tocado nunca.

Kael XXIII ajustó el casco en sus manos.

—Ellos empezaron con una torre. Nosotros empezamos con un planeta entero.

La misión de descenso fue transmitida a toda la flota y a las colonias del sistema solar. Cuando la cápsula aterrizó en la superficie verde, Lira XLI fue la primera en bajar. El suelo era blando, cubierto de una hierba extraña pero vibrante. El aire olía a humedad y a algo dulce, casi como manzanas.

Se arrodilló, sacó una semilla dorada de su traje y la plantó con sus propias manos.

—Esto es para ti, tatarabuela —susurró—. Por enseñarnos que una sola persona puede cambiarlo todo.

Esa noche, de regreso en la nave, la familia se reunió en el Gran Salón. El ambiente era de celebración contenida, casi sagrada. No había fuegos artificiales ni música alta. Solo gente compartiendo comida, historias y silencio.

Lira XLI se levantó al final y habló con voz emocionada:

—Hoy no solo plantamos una semilla. Plantamos una promesa. La promesa de que el espíritu indomable no se detiene en las estrellas. Que seguiremos explorando, amando y rompiendo límites.

Kael XXIII levantó su copa.

—Por los que empezaron y por los que continuamos.

La noche avanzó con conversaciones profundas. Cuando la mayoría se retiró, Lira XLI y Ren VIII se escaparon a una sala de observación con vista al nuevo planeta. Allí, bajo la luz tenue de las dos lunas, se desnudaron con deseo renovado. Ren VIII la tomó contra la pared curva, penetrándola con fuerza mientras ella gemía su nombre. Sus cuerpos se movieron con pasión intensa, como si quisieran celebrar que habían llegado vivos a un nuevo mundo.

Después, se tumbaron en el suelo, respirando agitadamente.

—Esto es real —susurró Ren VIII—. Estamos aquí.

Lira XLI sonrió.

—Estamos vivos. Y eso es lo que ellos querían.

En el plano eterno, Lira Sol y Kael Voss observaban con una sonrisa serena.

—Nuestra tataranieta ha llegado —dijo Lira.

Kael la abrazó.

—Ahora es su turno de brillar.

Se fundieron en luz dorada.

Al amanecer de la nave, Lira XLI encontró una nueva manzana dorada en su camarote. Esta vez la nota era breve y luminosa:

“Quinientos años después…

El fuego es vuestro.

Brillad.

— L & K”

Lira XLI mordió la manzana y miró el planeta a través de la ventana.

—Gracias —susurró—. Ahora seguimos nosotros.

Y así, la historia del CEO y la Indomable dejó de ser un relato de la Tierra para convertirse en una epopeya interestelar.

Lira XLI se quedó de pie en la plataforma de observación durante horas, mirando el planeta Nuevo Amanecer girar lentamente bajo la nave. El azul verdoso del mundo desconocido le recordaba a la Tierra, pero con tonalidades más vibrantes, casi iridiscentes. La primera semilla dorada ya había sido plantada. Ahora solo quedaba esperar.

Ren VIII se acercó flotando y le rodeó la cintura con los brazos.

—Quinientos años —dijo en voz baja—. Y hoy hemos hecho algo que ni Kael ni Lira pudieron imaginar. Hemos llevado el bosque más allá del cielo.

Lira XLI apoyó la cabeza en su hombro.

—Ellos no imaginaron las estrellas. Solo imaginaron que alguien seguiría mordiendo la manzana. Y aquí estamos.

Sol XV se unió a ellos en silencio. La joven miró el planeta con una mezcla de temor y fascinación que solo los que nacen en el espacio pueden sentir.

—Quiero bajar de nuevo —dijo—. Quiero tocar la tierra con mis propias manos. Quiero sentir cómo late este mundo.

Lira XLI sonrió con orgullo.

—Entonces bajarás. Pero no sola. Ninguno de nosotros está solo en este viaje.

Esa noche, la nave entera celebró con una calma diferente. No era una fiesta ruidosa. Era una reunión de almas. En el Gran Salón Central, familias enteras compartían comida cultivada en los invernaderos dorados. Los niños flotaban entre las mesas, los ancianos contaban historias de la Tierra que ya parecía un sueño lejano, y los jóvenes dibujaban mapas de los futuros territorios que explorarían.

Lira XLI se levantó al final de la cena y habló con voz serena:

—Hoy no celebramos solo haber llegado. Celebramos haber tenido el valor de partir. Que este nuevo mundo no sea una copia de la Tierra, sino un lienzo en blanco donde cada uno de nosotros pueda pintar su propia historia. Que el espíritu indomable no se quede en el pasado, sino que nazca de nuevo aquí.

Sol XV levantó su copa.

—Por los que nos trajeron hasta aquí. Y por los que continuaremos el camino.

La noche continuó con conversaciones profundas. Algunos hablaban de plantar bosques enteros, otros de crear ciudades que respetaran la naturaleza del nuevo planeta, y otros simplemente de vivir sin el peso de los imperios que sus antepasados habían conocido.

Más tarde, Lira XLI y Ren VIII se retiraron a su camarote privado. Allí, bajo la luz suave de Nuevo Amanecer que entraba por la ventana, se amaron con una intensidad renovada. Ren VIII la tomó contra la pared curva, penetrándola con fuerza y deseo acumulado mientras ella gemía su nombre. Sus cuerpos se movieron con pasión madura, profunda y llena de gratitud por haber llegado vivos hasta este momento.

Después, flotaron abrazados, respirando al unísono.

—Esto es real —susurró Ren VIII—. Estamos en un nuevo mundo.

Lira XLI sonrió contra su pecho.

—Y lo haremos nuestro.

En el plano eterno, Lira Sol y Kael Voss observaban por última vez con una sonrisa llena de paz.

—Nuestra tataranieta ha cumplido lo que empezamos —dijo Lira con voz suave.

Kael la abrazó por detrás.

—Ahora es su historia. Nosotros solo fuimos el comienzo.

Se fundieron en luz dorada y se dispersaron entre las estrellas.

Al amanecer de la nave, Lira XLI encontró una última manzana dorada flotando en su escritorio. Esta vez la nota era breve y luminosa:

“Quinientos años después…

El fuego ya no es nuestro.

Es vuestro.

Brillad con fuerza.

— L & K”

Lira XLI tomó la manzana, le dio un mordisco lento y profundo, y miró el planeta a través de la ventana.

—Gracias —susurró—. Por enseñarnos a volar.

Y así, la historia del CEO y la Indomable dejó de ser un relato para convertirse en un viaje vivo.

Ya no se contaba.

Se vivía.

Se plantaba.

Se respiraba.

El bosque dorado ya no era solo un símbolo en la Tierra.

Era vida en Marte, esperanza en la Luna y un sueño en un nuevo mundo llamado Nuevo Amanecer.

Cada generación tomaría la manzana.

Cada generación plantaría una semilla.

Y mientras hubiera alguien dispuesto a ser indomable, el fuego seguiría ardiendo.

No como recuerdo del pasado.

Sino como latido del futuro.

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