Ciento setenta años después de aquella noche que lo cambió todo.
El Valle de la Manzana se había convertido en un mundo dentro del mundo. Bosques dorados cubrían montañas enteras. Comunidades enteras vivían bajo la sombra de los árboles ancestrales, y cada fruto que caía era recogido con reverencia. El Santuario ya no era solo un lugar de memoria, sino el corazón de un nuevo orden donde la libertad no era un derecho, sino una práctica diaria.
Lira XV, de veinticuatro años, caminaba descalza por