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La Semilla que Florece"

Ciento setenta años después de aquella noche que lo cambió todo.

El Valle de la Manzana se había convertido en un mundo dentro del mundo. Bosques dorados cubrían montañas enteras. Comunidades enteras vivían bajo la sombra de los árboles ancestrales, y cada fruto que caía era recogido con reverencia. El Santuario ya no era solo un lugar de memoria, sino el corazón de un nuevo orden donde la libertad no era un derecho, sino una práctica diaria.

Lira XV, de veinticuatro años, caminaba descalza por el sendero central del bosque más antiguo. Su cabello negro caía en ondas salvajes hasta la cintura, y sus ojos tenían ese brillo característico: dorado cuando estaba calmada, plateado cuando ardía. Era la decimoquinta generación que llevaba el nombre, y sentía el peso de todos los que vinieron antes.

A su lado caminaba su hermano menor, Kael IV, de veintidós años. Alto, de mirada calculadora y sonrisa peligrosa, era la imagen viva de su tatarabuelo.

—Hoy es el día —dijo Lira XV—. Ciento setenta años. Voy a plantar la primera semilla del nuevo bosque.

Kael IV sonrió.

—¿Estás segura de que es el momento?

—Nunca hemos estado más listos.

Por la tarde, miles de personas se reunieron en el claro central. Lira XV subió al pequeño escenario natural con una semilla dorada en la mano. Su voz resonó clara y fuerte:

—Hace ciento setenta años, una mujer entró completamente desnuda en la torre más alta del mundo. No tenía poder, solo una manzana y una voluntad indomable. Esa mujer era mi tatarabuela Lira Sol. Hoy, ciento setenta años después, plantamos la primera semilla de un nuevo bosque. No para recordar el pasado, sino para crear el futuro.

Plantó la semilla en el centro del claro. La tierra brilló por un instante y un pequeño brote dorado surgió inmediatamente.

La multitud aplaudió con emoción.

Esa noche, la familia se reunió en la casa ancestral. Cuatro generaciones completas estaban presentes. La mesa estaba llena de comida, vino y manzanas doradas. Las risas y las historias llenaban el aire.

Lira XV se levantó al final de la cena y miró a todos.

—Quiero proponer algo. Quiero que creemos “La Casa de las Manzanas Abiertas”. Un lugar donde cualquiera que se sienta atrapado pueda venir a quedarse un tiempo, aprender a ser indomable y luego seguir su camino.

La propuesta fue recibida con aplausos y lágrimas.

Más tarde, Lira XV y su pareja, Arian, se escaparon al viejo roble. Se desnudaron bajo la luz de la luna y se amaron con la pasión heredada. Arian la tomó contra el tronco del árbol, penetrándola con fuerza mientras Lira XV gemía su nombre, aferrándose a él. Sus cuerpos se movieron con el mismo fuego que había definido a su familia durante más de un siglo.

Cuando terminaron, se quedaron abrazados sobre la hierba.

—Quiero que nuestro hijo nazca aquí —susurró Lira XV.

—Nacerá aquí —respondió Arian—. Rodeado del mejor legado posible.

En el plano eterno, Lira Sol y Kael Voss observaban la escena con paz profunda.

—Nuestra tataranieta ya camina con sus propios pasos —dijo Lira con una sonrisa serena.

Kael la abrazó por detrás y besó su cuello.

—Ese era el objetivo desde el principio. Que nuestra llama no se apagara, sino que se convirtiera en miles de llamas.

Se besaron una vez más, eternos y radiantes, mientras veían cómo su familia continuaba escribiendo su propia historia.

Al amanecer, Lira XV encontró una nueva manzana dorada sobre su escritorio. Junto a ella, una nota luminosa que brilló por última vez:

“Ciento setenta años después…

y el fuego sigue ardiendo más fuerte que nunca.

Sigan amando sin miedo.

Sigan rompiendo esquemas.

Sigan siendo indomables.

Estamos inmensamente orgullosos de todos vosotros.

Siempre con vosotros.

— L & K”

Lira XV tomó la manzana, le dio un mordisco grande y sonrió al viento con lágrimas en los ojos.

—Gracias, abuelos. Lo seguiremos haciendo. Por siempre.

Y así, la historia del CEO y la Indomable continuó escribiéndose, generación tras generación, como una llama eterna que nunca se apagaría.

Lira XIII se quedó un largo rato bajo el viejo roble después de plantar la semilla dorada. El viento movía las hojas con suavidad, como si el árbol mismo estuviera respirando. Nova III se acercó en silencio y se sentó a su lado, apoyando la cabeza en su hombro.

—Madre, ¿alguna vez tienes miedo de no estar a la altura del legado? —preguntó la joven.

Lira XIII sonrió y acarició el cabello de su hija.

—Todos los días. Pero entonces recuerdo que tus tatarabuelos tampoco estaban “a la altura”. Kael era un hombre roto por el poder. Lira era un arma que nadie podía controlar. No eran perfectos. Eran imperfectos juntos. Y eso fue suficiente.

Nova III mordió una manzana dorada que había recogido del suelo.

—Quiero viajar —dijo de repente—. Quiero ver otros planos. Quiero entender qué hay más allá de las grietas que sellaron.

Lira XIII la miró con una mezcla de orgullo y preocupación.

—Entonces ve. Pero lleva siempre una manzana contigo. Y recuerda: la verdadera libertad no es huir de todo, sino elegir qué vale la pena llevar contigo.

Esa noche, la familia se reunió en la casa principal para la celebración anual. Cuatro generaciones completas estaban presentes. La mesa estaba llena de comida, vino y manzanas doradas. Las risas y las historias llenaban el aire.

Lira XIII se levantó al final de la cena y miró a todos con emoción.

—Hoy quiero proponer algo nuevo. Quiero que creemos “La Casa Abierta”. Un lugar donde cualquiera que se sienta atrapado por sistemas, normas o miedos pueda venir a quedarse un tiempo, aprender a ser indomable y luego seguir su camino.

La propuesta fue recibida con aplausos y entusiasmo. Su hija Nova III fue la primera en levantarse.

—Yo quiero ser la primera residente.

La noche avanzó entre anécdotas y risas. Lira XIII y su pareja, Zarek, se escaparon al viejo roble. Se desnudaron bajo la luz de la luna y se amaron con la pasión madura que da el tiempo. Zarek la tomó contra el tronco del árbol, penetrándola con fuerza mientras Lira XIII gemía su nombre, aferrándose a él como si fuera su ancla en medio de la tormenta del legado.

Cuando terminaron, se quedaron abrazados sobre la hierba.

—Quiero que nuestro próximo hijo nazca aquí —susurró Lira XIII.

—Nacerá aquí —respondió Zarek—. Rodeado del mejor legado posible.

En el plano eterno, Lira Sol y Kael Voss observaban la escena con paz profunda.

—Nuestra bisnieta ya camina con sus propios pasos —dijo Lira con una sonrisa serena.

Kael la abrazó por detrás y besó su cuello.

—Ese era el objetivo desde el principio. Que nuestra llama no se apagara, sino que se convirtiera en miles de llamas.

Se besaron una vez más, eternos y radiantes, mientras veían cómo su familia continuaba escribiendo su propia historia.

Al amanecer, Lira XIII encontró una nueva manzana dorada sobre su escritorio. Junto a ella, una nota luminosa que brilló por última vez:

“Ciento cincuenta y cinco años después…

y el fuego sigue ardiendo más fuerte que nunca.

Sigan amando sin miedo.

Sigan rompiendo esquemas.

Sigan siendo indomables.

Estamos inmensamente orgullosos de todos vosotros.

Siempre con vosotros.

— L & K”

Lira XIII tomó la manzana, le dio un mordisco grande y sonrió al viento con lágrimas en los ojos.

—Gracias, abuelos. Lo seguiremos haciendo. Por siempre.

Y así, la historia del CEO y la Indomable continuó escribiéndose, generación tras generación, como una llama eterna que nunca se apagaría.

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