Ciento sesenta y cinco años después de aquella noche legendaria.
El Valle de la Manzana se había convertido en un ecosistema vivo y vibrante. Los árboles dorados cubrían colinas enteras, y sus frutos se distribuían como un símbolo universal de libertad. El Santuario ya no era solo un lugar de memoria, sino un centro de innovación donde se estudiaban nuevas formas de convivencia entre humanos, híbridos y seres de otros planos.
Lira XIV, de treinta y ocho años, caminaba descalza por el sendero