El aire en la pequeña aldea de las montañas estaba cargado de una energía especial ese día. Las flores adornaban las calles, y una gran carpa blanca se erigía en el centro de la plaza, donde los lugareños se habían reunido para celebrar lo que sería recordado como el evento más grande que el pueblo había visto en años: la boda de Nicolás y Helena.
Después de meses de compartir sus días y noches juntos, de construir un vínculo que fue creciendo poco a poco, Nicolás finalmente había dado el paso.