La cabaña estaba envuelta en un silencio apacible, roto únicamente por el crepitar suave del fuego en la chimenea. Nicolás y Helena habían vuelto del festejo, el cual había dejado una energía cálida en el aire. El pueblo había celebrado su unión con un entusiasmo que solo una pequeña comunidad podía ofrecer, y ahora, en la privacidad de su hogar, todo parecía detenerse.
Helena, nerviosa y expectante, permanecía junto a la ventana, su mirada perdida en las sombras que danzaban por el paisaje. A