La opulencia de la fiesta de inauguración seguía vibrando a mi alrededor, pero el contacto del sobre negro contra mi piel se sentía como un trozo de hielo. Miré a Liam a través del salón; estaba riendo con un inversor suizo, ajeno al hecho de que el pasado acababa de enviarnos una declaración de guerra desde el otro lado del océano. Los Varga. El nombre resonaba en mi mente con una familiaridad inquietante que no lograba ubicar.
—Señora, el coche está listo en la salida privada —susurró Marcus