El estruendo del agua golpeando las compuertas de hierro del metro aún resonaba en mis oídos cuando emergimos por una rejilla de ventilación en los alrededores de la estación de Chamartín. El aire nocturno de Madrid, antes saturado de frecuencias y señales de radio, ahora se sentía pesado, cargado de la humedad del río Manzanares que Thorne Junior había desviado para inundar el subsuelo. Estábamos empapados, cubiertos de una capa de lodo grisáceo, pero las semillas de Simón seguían a salvo en n