El viento del norte, el cierzo, aullaba entre las formaciones de arcilla, arenisca y yeso, moldeando el paisaje como si fuera cera caliente. Las Bardenas Reales se extendían ante nosotros como un suelo lunar, un laberinto de barrancos secos y mesetas solitarias que el colapso climático y la falta de gestión hídrica habían transformado en un desierto absoluto. El polvo fino y blanquecino se nos metía en los ojos, en la boca y entre los pliegues de la ropa, convirtiendo cada respiración en un eje