El descenso desde las cumbres de Guadarrama nos dejó en un paisaje que parecía extraído de una pesadilla surrealista. Ante nosotros se extendía la inmensa llanura de Segovia, pero no estaba vacía. Decenas de aerogeneradores, los gigantes modernos de esta tierra, permanecían inmóviles bajo un cielo de un gris plomizo. Sin la Red Dorada para gestionar la distribución de carga y sin técnicos que aceitaran sus engranajes, las aspas se habían detenido, algunas bloqueadas por el óxido, otras dobladas