El agua helada del Arlanzón me había entumecido los músculos hasta el punto de convertir cada movimiento en una tortura mecánica. Salí de los juncos arrastrándome, tiritando violentamente bajo el hábito empapado de Sor Clara, que ahora pesaba como una armadura de plomo. Apreté el cilindro de madera contra mi costado; el Códice de Luz estaba a salvo, pero el eco de las campanas de la Catedral golpeaba mi mente con la fuerza de un martillo. Otra vida entregada a la causa de Lázaro. Otra deuda de