Burgos se alzaba ante nosotros envuelta en una bruma gélida que bajaba del río Arlanzón. La silueta de la Catedral, con sus agujas góticas perforando el cielo gris, parecía un radar de piedra diseñado para captar señales de un Dios que guardaba silencio. Pero nuestro destino no era el templo principal, sino el Monasterio de Santa María la Real de las Huelgas, un complejo fortificado que había sobrevivido a reyes y guerras, y que ahora albergaba el Nodo más importante del norte de España.
—Cuida