El eco de los pasos de Viktor Varga todavía resonaba en el gran vestíbulo de la corporación cuando Liam me tomó de los hombros. Sus manos estaban frías, una señal de que su instinto de cazador estaba en alerta máxima. Ya no estábamos ante un rival corporativo como los Vance; estábamos ante una fuerza dinástica que operaba con reglas que nosotros apenas empezábamos a vislumbrar.
—Marta, ese hombre no vino a negociar —dijo Liam, su voz baja y cargada de una urgencia eléctrica—. Vino a marcar su t